Por Raquel León Rodríguez
¡Recorcholis Batman! Una de las siete carreras en las cuales un joven no podría encontrar trabajo, es periodismo. Eso se dice hace rato y según una nota de teletica.com a través de una especialista del CONARE me lo confirma. Pero heme aquí, leyendo un “artículo” de alguna revista, de alguien que precisamente no es periodista. Un inicio sin premisa, un puño de párrafos sin fuentes, llenando los vacíos con varias fotos bien afinadas por Photoshop. ¡Y sí, para escribir una nota no hay que ser periodista! Pero como duele eso.
Colegas, de meseros, tocando música en algún bar, sonriendo frente a una vitrina de servicio al cliente. O bien trabajando en campañas políticas, mordiéndose la lengua, porque hay que ganarse los frijoles.No importa cual motivo nos haya llevado a querer ser periodistas, algunos con sueños de maquillaje y televisión, otros con convertirse en comentaristas de Fox Sport, o bien simplemente nacieron con el gusanito del “metiche” adentro. Lo sé, porque desde que tenía cinco años grababa un “programa de radio” donde mi hermano menor me ayudaba como “entrevistado”.
Durante cinco años me tocó cumplir con horario de oficina; sacando copias y atendiendo llamadas para luego meterle puño, letra y voz a las, columnas, reportajes televisivos o notas radiofónicas que me dejaban de tarea, pero ese era mi mundo onírico; mis noches como estudiante en la universidad. Me estaba formando como periodista, una que pudiera con toda la capacidad y actitud enfrentarse a las salas de redacción o reportear un rato. Así como yo, mis compañeros hicieron el mismo sacrificio; a unos los veo creciendo como profesionales en su charco y a otros esperando el chance en que la vida los tome en cuenta.
Pero sigo leyendo el “artículo”, pazco, cursi, sin arte ni parte. Sin embargo, algún medio se lo publicó y eso ya es ganancia, le da más currículo a alguien que simplemente le dio por escribir algo. ¡Ojo! No tengo nada contra quien escribe lo que piensa, pero si me “encachimba” que desvirtúen la jugosa virtud de saber escribir, o por lo menos la conciencia de redactar en función de la compresión de un público, porque mis colegas saben a lo que me refiero, el valor que tiene escribir o hablar de forma sencilla para que todos entiendan, pero con glamour para no parecerse a cualquiera.
Lastimosamente, el periodismo, no tiene la ventaja que tienen otras carreras, el abogado es abogado o el doctor es doctor hasta que alguien los certifica. El periodista, es aquel que muchas veces sólo comenta sobre un partido o en estos tiempos modernos, alguien que tiene muchos followers en Twitter, pero que nunca tuvo la intención de pasar por el proceso de conocer a su fuente o los paso elementales para una entrevista. Claro está, un periodista titulado necesita experiencia, necesita garra de calle, regaños de los colegas de la vieja guardia, necesita crecer como un verdadero profesional en el área de la comunicación, pero si seguimos viviendo en un país con un mercado tan cerrado o dándole pelota a gente que está “in” pero que de comunicadores no tienen nada ¿Qué hacemos? Acumular títulos y seguir sacando copias.
Dicen que hay que ser paciente, que las puertas se abren, pero a lo mejor nos toca llamar a algunos de los señores del Servicio Especial de Respuesta Táctica (S.E.R.T) para que nos colaboren con botar algunas puertas y salir de ese letargo laboral. Si me dicen que el problema está, en que muchas personas estudian periodismo y “no hay cama pa” tanta gente”, pues que se lo barajen a la niña que desde que tiene uso de razón, no se imaginó su vida haciendo otra cosa.
En la calle hay muchos, cantantes frustrados, bailarines frustrados, poetas frustrados, pero en definitiva yo no quiero ir caminando por la Avenida Central y sentirme una periodista frustrada. Un día le dije a un amigo que admiraba a la gente que vivía de lo que amaba, porque no conocía otra forma de vivir ¡Puña! Yo me quiero admirar de mi misma entonces.
"Aquí no hay extraños sólo amigos con quienes aún no nos hemos encontrado"
domingo, 18 de agosto de 2013
lunes, 12 de agosto de 2013
Si nos vamos a morir que sea de risa...
Tanto menester en la vida. Si esa amiga tan corta, tan vacilante, tan tan tan... Tan así de fugaz que se casó con el tiempo, y ese señor nos jode a cada minuto. Pero "relax" que si la vida nos hace carilla de brava, riámonos un rato, que al final es mejor reír que llorar, pero mejor aún llorar de tanta risa...
viernes, 18 de marzo de 2011
Lejos
Se Fue. Bastó la mirada escurridiza y la escusa barata para que entendiera que mi ilusión sonámbula era similar a la de un niño escuálido que espera por largas horas a su padre furtivo.
La fortaleza que siempre le restregaba en la cara a mis eternos compañeros de tragos, no era más que un maquillaje orgulloso de mi latente miedo por lo que no había llegado. Verla tan distante, tan incrédula, sólo me adolecía el alma y me sometía a un proceso de discusión con mi “ello”. Esperarla no era ni siquiera una opción añeja, para qué si ya se había ido, ni el recuerdo de una canción mal escrita era parte de su leyenda .
Me cansé de las mañanas pérdidas, de las infinitas discusiones con el espejo. Las escuetas dosis de esperanza que me habían costado años, se fueron por el lavabo que alguna vez compré con la energía de un joven e impetuoso mercader.
No tocó a mi puerta, no se metió por la ventana, quizás sólo fue parte de mi mente mortífera, la cual se reía de la inocencia ridícula de este pobre ser humano. Pero yo también podía irme, sólo que mi eterno amor a lo estable, y mi devoción por la rutina se condesaban en unos lienzos llamados caminos. No pude marcharme, me quedé sentado esperando la visita del reloj despertador.
Iluso, camino unos cuantos pasos para ver su silueta entre la esquina y el rótulo cerca de mi casa, aquella que se fue por seguir su instinto a lo mejor retorne a la sala que decoró pacientemente. Abriré la puerta y juro que mi voz infame gritará su nombre.
La fortaleza que siempre le restregaba en la cara a mis eternos compañeros de tragos, no era más que un maquillaje orgulloso de mi latente miedo por lo que no había llegado. Verla tan distante, tan incrédula, sólo me adolecía el alma y me sometía a un proceso de discusión con mi “ello”. Esperarla no era ni siquiera una opción añeja, para qué si ya se había ido, ni el recuerdo de una canción mal escrita era parte de su leyenda .
Me cansé de las mañanas pérdidas, de las infinitas discusiones con el espejo. Las escuetas dosis de esperanza que me habían costado años, se fueron por el lavabo que alguna vez compré con la energía de un joven e impetuoso mercader.
No tocó a mi puerta, no se metió por la ventana, quizás sólo fue parte de mi mente mortífera, la cual se reía de la inocencia ridícula de este pobre ser humano. Pero yo también podía irme, sólo que mi eterno amor a lo estable, y mi devoción por la rutina se condesaban en unos lienzos llamados caminos. No pude marcharme, me quedé sentado esperando la visita del reloj despertador.
Iluso, camino unos cuantos pasos para ver su silueta entre la esquina y el rótulo cerca de mi casa, aquella que se fue por seguir su instinto a lo mejor retorne a la sala que decoró pacientemente. Abriré la puerta y juro que mi voz infame gritará su nombre.
jueves, 11 de noviembre de 2010
Un minero más

En un martes y miércoles de una semana poco común el mundo (y cuando digo el mundo puedo asegurar que así fue) fue testigo del rescate de 33 mineros que durante 69 días vivieron la peor o mejor experiencia de su vida.
Vivir a más de setecientos metros de profundidad totalmente ajenos a la rutina y con sus gargantas casi rendidas por la desesperación de no ser escuchadas, estos hombres añoraban volver a su vida habitual. Sin embargo, estos hermanos chilenos nunca estuvieron solos, su país y el mundo entero les acompaño de forma física, solidaria, inclusive espiritual.
En ese momento en que el mundo se detuvo para presenciar la “liberación” de estos hombres aguerridos y esperanzados, no dejé de pensar por un instante que el filósofo inglés Thomas Hobbes no había sido tan acertado en decir que “el hombre es malo por naturaleza”.
En esos minutos, mientras la cápsula subía y bajaba mi mente y alma se sentían orgullosas de la humanidad, -es increíble que aún se puede creer en los humanos- (o en las acciones de humanidad que producen). Creyentes o no creyentes, todos esperaban que dicha travesía culminara satisfactoriamente.
La alegría se le notaba a todos en el rostro, y cómo no sentirla después de semejante acto, pero era inevitable pensar que allá afuera, en la superficie habita un minero más, uno que lleva días, meses incluso años atrapado en las profundidades de su propio cuerpo y ser.
Hay un minero en la calle, en el hospital o en la cárcel, que también está pidiendo que lo ayuden. Este hermano grita que lo dejen salir del hueco que lo convirtió en la persona que nunca creyó ser.
A este vecino, conocido o desconocido no le importan si las cámaras captan el momento de su salida, él tan sólo añora que alguien lo esté esperando cuando eso pase.
Si la humanidad fue capaz de solidarizarse con 33 personas que vivían a miles de kilómetros de cada casa, asumo que debe ser mucho más fácil hacerlo con este minero del que les he venido hablando. Un amigo que está tan cerca de nosotros.
Sólo basta con abrir la puerta, sólo basta con caminar unas pocas cuadras o leer el periódico para descubrir que existe un minero más que anhela ser encontrado por su hermano y como el ave fénix renacer de las profundidades.
miércoles, 6 de octubre de 2010
"Cosas de fe"

¡Fe!, o “costumbre”. Desde el momento en que llegué a este mundo, mis papás no me han dejado de hablar de la existencia de un Ser Supremo; del Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Esas semillitas que poco a poco fueron abonando en la tierra de mi ser, podrían ser la causa de que hoy, crea fielmente que en cada paso dado, existe una intención divina.
Muchos se podrían plantear que, mi construcción ha sido a base de ideas preconcebidas y recicladas, de ideales dogmáticos heredados a través del tiempo. Tal vez no me he unido al grupo de los “pensantes dudosos de la fe”, a lo mejor no soy tan “racional” como lo suele ser el ser humano. Quizás traigo encima una escafandra, la cual no me permite escuchar a nadie más.
Sé que hay mil teorías para cuestionar la existencia de Dios; pero de igual forma, he creado mi propia teoría, no tiene pruebas científicas, tampoco realicé encuestas para probar las variables, sólo utilice el método de la “observación”.
Salí una mañana a ejercitarme; como es usual, me puse mis audífonos y mientras caminaba, las melodías exquisitas hacían una fiesta en mis oídos. En el trayecto encontré a un joven que no podía escuchar y que sólo por señas lograba captar una que otra idea. Me detuve un momento para observar, no porque me impresionara la imagen de aquel caballero, sino que me permitió comprender que: escuchar mi música, la bocina de un carro o los gritos de los chiquillos del barrio, no eran simples pasajes de lo cotidiano, eso era parte de un regalo divino. Dios me estaba diciendo algo….
Más tarde regresé a mi casa, me senté en el sillón de la sala; mientras me comía una manzana fresca y roja, las páginas de una revista me hicieron de nuevo observar; un artículo sobre la pobreza y el hambre, me hizo un nudo en la garganta y me obligó a analizar que, el comerme aquella fruta no era obra de la Ley de la Gravedad, era simplemente otra bendición sosegada.
Esa noche, en mi cama, mis ojos no aguantaban el peso del cansancio ni la conciencia, por todo lo que ese día había podido observar, hice un detenido repaso, y pese a todos los “cuestionamientos” que me pude plantear, ninguno fue tan enérgico como presentimiento que tenía, esas “cosas” me pasaban por el alma, que ni con todos los eruditos juntos podría explicar.
Quién sabe, a lo mejor mi teoría es la más empírica, o parezca discurso retórico… En fin, sólo es cuestión de un poquito de eso, a lo que muchos de nosotros de cariño le llamamos FE.
jueves, 15 de julio de 2010
El último de los caballeros
Subir y bajar de un autobús es un patrón habitual en mis días. Encontrar un lugar para sentarse, mientras “viajo” en tan aglomerado medio de transporte, en especial en las comunes horas pico es toda una tragedia griega.
Sin embargo, en uno de tantos caminos recorridos, las monedas del destino jugarían diferente. Un hombre cuyo rostro no me será posible recodar, pero que sin querer se convirtió en actor de un imborrable capítulo quijotesco de mi memoria.
Don Fulano levantándose de su asiento, me brindó su lugar sin excusa y para mi pálida impresión, sus palabras fueron dardos impetuosos para mis oídos: “¡pocos, pero quedamos!”.
Sin mucha rabieta tomé el lugar agradecida, y durante todo el recorrido conmemoré la existencia de una raza de seres que hace mucho no veía en las calles; hombres casi mitológicos, que formaban parte de las historias de ciencia ficción que me contaban mis abuelas. Esos, los tan codiciados caballeros.
No podía dejar de decirme a mi misma, que ese personaje formaba parte de alguna estirpe ancestral. Hubiese apostado que el hombre de traje viejo era prófugo de la tierra de los nobles relegados.
A lo mejor quería demostrarle a alguna fémina, que aún no era tiempo de perder las esperanzas. Me hizo sentir que en los recovecos de la ciudad, caminaba un mortal que había comido del fruto meloso de los dioses, y en sus venas llevaba el arma capaz de conquistar las batallas peleadas contra Afrodita.
Misteriosa alegría me deparó esa tarde de autobús. Entre una sonrisa trémula y mirada alentadora, mis afirmaciones sobre la muerte del último de los caballeros mantenían su sigilo y un inquebrantable augurio.
Sin embargo, en uno de tantos caminos recorridos, las monedas del destino jugarían diferente. Un hombre cuyo rostro no me será posible recodar, pero que sin querer se convirtió en actor de un imborrable capítulo quijotesco de mi memoria.
Don Fulano levantándose de su asiento, me brindó su lugar sin excusa y para mi pálida impresión, sus palabras fueron dardos impetuosos para mis oídos: “¡pocos, pero quedamos!”.
Sin mucha rabieta tomé el lugar agradecida, y durante todo el recorrido conmemoré la existencia de una raza de seres que hace mucho no veía en las calles; hombres casi mitológicos, que formaban parte de las historias de ciencia ficción que me contaban mis abuelas. Esos, los tan codiciados caballeros.
No podía dejar de decirme a mi misma, que ese personaje formaba parte de alguna estirpe ancestral. Hubiese apostado que el hombre de traje viejo era prófugo de la tierra de los nobles relegados.
A lo mejor quería demostrarle a alguna fémina, que aún no era tiempo de perder las esperanzas. Me hizo sentir que en los recovecos de la ciudad, caminaba un mortal que había comido del fruto meloso de los dioses, y en sus venas llevaba el arma capaz de conquistar las batallas peleadas contra Afrodita.
Misteriosa alegría me deparó esa tarde de autobús. Entre una sonrisa trémula y mirada alentadora, mis afirmaciones sobre la muerte del último de los caballeros mantenían su sigilo y un inquebrantable augurio.
jueves, 13 de mayo de 2010
¡Eh Sabina!

“Hice un solo desafinado con las cenizas del amor las verbenas del pasado cangrenan el corazón”; con su voz ronca, apariencia escuálida, y su típico bombín, el Genio de Úbeda salió al escenario a las 8:32 de la noche para empezar una velada, que quienes la esperamos por más de cinco meses, inclusive años, sabíamos que sería auténtica y llena de sentimientos encontrados.
Durante las horas de larga fila, no se dejaban de escuchar los coros de las melodías del “Flaco”, no importaban las caras, los acentos, el vestuario o la intensión que llevaban los “sabineros” esa noche, todos al unísono añoraban el momento en donde le podrían aplaudir al “hombre del traje gris” y acariciar cada estrofa y saborearla como a un buen vino tinto.
¡Gracias a la vida!, la fortuna me sonreía, estaba disfrutando tan cerca de esa muestra de buen arte y deleite musical, tenía frente a mí al hombre que con sus canciones, en distintos momentos de mi fábula construían una fragmento. Ahí estaba tan aferrado a su guitarra y acompañado de sus músicos, que al igual que él eran extravagantes, pero sin duda igual de intensos y amantes de la bohemia y una que otra anécdota.
Un piano, un bajo, más de una guitarra, voces masculinas encantadoras y la voz sensual de una mujer fueron parte de su noche, de la noche de todos sus admiradores. Entre poemas, ocurrencias, frases sobre la vida y el amor, Sabina más que ofrecer lo que tenía , nos daba la impresión de que recibía aquellos aplausos y coros con tanta gratitud, que no se guardaba nada para sí mismo; dejó salir lo mejor de su música, su gracia y su acostumbrado tono irreverente.
Fue un acto de reciprocidad, todos nos dimos por complacidos, y cuando menciono con propiedad “todos”, no es por adueñarme de la palabra de los demás, pero con lo que observé esa noche, era tan palpable contemplar tales emociones. Podríamos haber cantado por horas, qué importa, queríamos que nos dieran las diez, las once, las doce, la una, las dos y las tres, viviendo fervorosamente aquella ilusión que nos embarga plenamente.
Aquella sonrisa pícara que se reflejaba en el escenario, era muestra de que el intérprete de “Tiramisú de Limón”, no quería dejar de cantar y hacer más de un ademán para que su público no dejase de vibrar con cada acorde y melodía. El juego de luces, el calor del momento y los incrédulos instantes del cercano final, sólo nos dejaban abrazar las últimas canciones para poder soñarlas al regresar a casa, luego de una función exquisita.
Irremediablemente, aquel concierto se convirtió en parte de las historias de juventud, que he de contarle a mis amigos y amigas en alguna noche de bohemia y usanzas. Tal vez contaré que “Peor para el sol” que malgastó aquella noche, que le sonreí a un “Pirata cojo” y que al final de una cautivadora velada brindé con la “Viudita de Clicquot” a la luz de una “Noche de bodas”.
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